CAPÍTULO 31 — LA LUNA QUE NO ACEPTA LO QUE SIENTE.
Greta dormía apoyada contra el pecho de Theo, envuelta en su abrazo, respirando al fin con un ritmo tranquilo. Después del beso. Después de confesar lo que juró no sentir jamás. Después de entregarse, aunque fuera solo un instante, al vínculo que había negado por todo este tiempo.
Theo, con los ojos cerrados, no la soltaba. No podía. No quería. Cada fibra de su cuerpo temblaba por el veneno, pero cada latido se sostenía gracias a ella. Gracias a sus manos, su voz, su alma.
Azura dormía profundamente, agotada pero a salvo.
Bark gemía en silencio, acurrucado en el interior de Greta, susurrando:
—Lo trajimos de vuelta, pequeña… lo logramos…
El sol comenzó a asomarse por la ventana de la clínica.
Un rayo iluminó el rostro de Greta y Theo lo observó.
Como si fuera la primera vez. Como si siempre la hubiera estado esperando.
—Mi luna… —susurró en su mente, sin que ella lo escuchara.
Un golpe desesperado en la puerta rompió la calma.
—¡¡Theo!! ¿Theo estás despierto? —la voz de Hans temblaba—