CAPÍTULO 31 — LA LUNA QUE NO ACEPTA LO QUE SIENTE.
Greta dormía apoyada contra el pecho de Theo, envuelta en su abrazo, respirando al fin con un ritmo tranquilo. Después del beso. Después de confesar lo que juró no sentir jamás. Después de entregarse, aunque fuera solo un instante, al vínculo que había negado por todo este tiempo.
Theo, con los ojos cerrados, no la soltaba. No podía. No quería. Cada fibra de su cuerpo temblaba por el veneno, pero cada latido se sostenía gracias a ella. Gracias a sus manos, su voz, su alma.
Azura dormía profunda