Belle
No hubo cuenta atrás. No hubo piedad.
Carson agarró mis caderas con sus manos grandes, dejando marcas que seguramente vería mañana, y empujó hacia adelante.
Ahogué un grito en mi garganta cuando la cabeza de su miembro rompió mi entrada. Era demasiado grande, demasiado grueso. Sentí cómo mis paredes se estiraban al límite para acomodar su invasión. Él gruñó, apretando los dientes, luchando contra su propia necesidad de embestir a fondo de una sola vez.
—Maldición... eres tan estrecha —siseó, su frente perlada de sudor—. Relájate, nena.
Hice lo que pidió. Rodeé su cintura con mis piernas, abriéndome más, invitándolo a tomar posesión de todo. Él aprovechó la oportunidad y se hundió hasta la base en una estocada lenta y demoledora.
La sensación de plenitud fué absoluta. Me sentí llena, ocupada, reclamada. Él se quedó quieto un segundo, latiendo dentro de mí, permitiendo que mi vagina se acostumbrara a su tamaño desmesurado.
—Mírame —ordenó.
Abrí los ojos para encontrarme con su mir