Stelle
El silencio de la casa no era pacífico… era un depredador al acecho. Sin los muebles, sin las cortinas de terciopelo, cada respiración rebotaba en las paredes desnudas, amplificando la soledad que se había instalado entre nosotros mucho antes de que yo hiciera las maletas.
Observé a Xander desde el otro lado de la isla de cocina. Era el único mueble que quedaba, un vasto continente de mármol frío que nos separaba como un océano.
Él estaba sentado en uno de los taburetes, girando una pluma entre sus largos dedos. El sonido rítmico del metal chocando contra la piedra estaba empezando a deshilachar mis nervios.
—Vas a romperla —dije. Mi voz sonó extraña, demasiado aguda en aquel vacío cavernoso.
Xander detuvo el movimiento. Levantó la vista y el impacto de sus ojos oscuros me golpeó con la fuerza física de siempre.
Parecía agotado, con la camisa blanca desabotonada en el cuello y las mangas remangadas hasta los codos, exponiendo esos antebrazos fuertes y tensos que mis manos con