Gia
La pantalla de mi móvil brilló en la oscuridad de la habitación, burlándose de mí.
«Lo siento, Gia.
La conferencia con Zúrich se ha complicado por el cambio de horario.
No me esperes despierta. Te quiero»
Leí el mensaje tres veces. Cada palabra era un golpe seco contra mi autoestima. Una grieta más en la ridícula fachada de matrimonio perfecto que tanto intentaba sostener. Terminé sirviendome un trago. Un whisky ámbar que quemó mi garganta al bajar, pero no tanto como quemaba la indiferencia de Oliver.
Me acerqué al ventanal. Mi reflejo en el cristal me devolvió la imagen de una mujer en lencería de encaje negro, arreglada para nadie, deseada por nadie.
¿Por nadie?
La imagen del desconocido en el ascensor, sus ojos azules devorándome, sus dedos invadiendo mi intimidad con esa posesividad descarada, golpeó mi mente. Mi cuerpo reaccionó al instante. Mis pezones se endurecieron contra la fina tela y una humedad cálida volvió a brotar entre mis muslos. Era patética la manera en que m