—¡Aimé! —gritó Martín, su voz quebrada por la desesperación mientras corría hacia la entrada de la casa.
Aimé se detuvo al escuchar su nombre, su cuerpo se tensó y una oleada de rabia y dolor recorrió su pecho.
Los guardias de seguridad se posicionaron inmediatamente a su alrededor, atentos ante cualquier movimiento brusco del hombre que se acercaba, pero ella levantó una mano, indicándoles que lo dejaran acercarse.
Quería enfrentarlo, mirarlo a los ojos y hacerle saber lo mucho que la había des