Cuando Martín regresó a casa y descubrió que Lola había escapado, un rugido de ira brotó de su garganta. Azotó la puerta detrás de él, sus ojos brillaban de rabia mientras sus manos temblaban. Llamó a gritos a sus guardias.
—¡Encuéntrenla! ¡No importa cómo ni dónde, pero tráiganme a esa mujer! Si la encuentran muerta, ¡quiero ser yo quien queme su cadáver! —vociferó, con la voz cargada de odio y desesperación.
Los hombres salieron de inmediato, conscientes de que desobedecerlo podía costarles ca