—¡Marcus tiene fiebre! ¡Por favor, déjame ayudarlo! —suplicó Aimé, sus ojos llenos de desesperación y pánico.
El hombre soltó una risa fría, casi burlona.
—Ingenua. Nuestro hijo está sano. Eso lo dije para traerte conmigo, pero él está bien. No tienes nada de que preocuparte. —Su tono se volvía más distante, más cruel.
El corazón de Aimé latía con fuerza. Aunque la voz del hombre sonaba confiada, ella no podía calmarse. La preocupación por su hijo la ahogaba, y la rabia hervía dentro de ella. Mi