Martín llegó a su antigua residencia, el peso de la desesperación lo agotaba.
Había tenido que escapar a toda prisa, dejando su auto caer al fondo de un barranco, un acto desesperado que lo mantenía alejado de la captura.
Si lo denunciaban por secuestro, sus días de libertad se acabarían, y la sombra de los Andrade lo acechaba.
Sabía que, si lo encontraban, no dudarían en deshacerse de él. El miedo lo consumía, y en su mente solo había espacio para una idea: huir.
Al entrar en la casa, el eco de