—Lo que tuviste con Margaret… no es lo que quiero.
La voz de Valentina tembló apenas al pronunciar el nombre. No fue reproche lo que vibró en el aire, sino una súplica contenida durante demasiado tiempo. Kaiser la observó en silencio. Parpadeó una vez, lento, como si necesitara ese gesto humano para ordenar lo que sentía… o lo que se negaba a sentir.
Valentina tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba. Aún no. Estaba de pie frente a él en el penthouse, con la ciudad extendiéndose como un mar de luces tras los ventanales. Aquella altura la hacía sentir pequeña, prescindible. Exactamente como él acababa de confirmarle que era.
Kaiser entendió lo que ella pedía. Lo entendió con claridad brutal, y aun así, no estaba dispuesto a concederlo.
—El amor humano es efímero —dijo al fin, con la voz grave, controlada—. Dura lo que dura un parpadeo para nosotros, amar es una chispa. Para mi especie… es una condena eterna.
Valentina negó con la cabeza, apretando los puños a los co