En la cabaña, la atmósfera era tensa, Xylos no se alejaba de Vecka ni un solo instante. Desde la noticia de posible complicación, algo en ella había cambiado. No era solo el cansancio. Era una fragilidad nueva.
La doctora permanecía instalada en una habitación cercana. Tenerla allí era una necesidad, no una precaución. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían: la luna corría peligro.
Vecka estaba en la tina, sumergida en agua tibia. Su vientre abultado mostraba moretones violáceos, po