En la cabaña, la atmósfera era tensa, Xylos no se alejaba de Vecka ni un solo instante. Desde la noticia de posible complicación, algo en ella había cambiado. No era solo el cansancio. Era una fragilidad nueva.
La doctora permanecía instalada en una habitación cercana. Tenerla allí era una necesidad, no una precaución. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían: la luna corría peligro.
Vecka estaba en la tina, sumergida en agua tibia. Su vientre abultado mostraba moretones violáceos, por las constantes fracturas de costillas. Xylos estaba detrás de ella, con el torso inclinado, dejando caricias suaves sobre su piel.
Sus ojos ciegos no podían ver la gravedad del estado de su luna, pero sus sentidos sí. Escuchaba su respiración, forzada e irregular. Demasiado rápida para alguien que intentaba relajarse.
—Respira conmigo —le susurró—. Despacio.
Vecka obedeció, apoyando la cabeza contra su pecho. El agua se movió con un leve oleaje cuando ella tembló.
—Xylos… —murmuró.
Él ten