Xylos iba a replicar, pero la frase lo detuvo. Su expresión cambió lentamente. Los músculos de su rostro se relajaron, y una chispa distinta encendió sus ojos ciegos. Se inclinó hacia ella con cuidado, con esa mezcla de fuerza y suavidad que lo volvía irresistible, y deslizó su mano por el vientre redondeado de Vecka.
Besó la piel allí, justo encima del ombligo, con reverencia. Un beso lento, cálido, seguido de otro más abajo, y otro. Luego subió, rozando su piel con su barba, la parte baja d