Xylos iba a replicar, pero la frase lo detuvo. Su expresión cambió lentamente. Los músculos de su rostro se relajaron, y una chispa distinta encendió sus ojos ciegos. Se inclinó hacia ella con cuidado, con esa mezcla de fuerza y suavidad que lo volvía irresistible, y deslizó su mano por el vientre redondeado de Vecka.
Besó la piel allí, justo encima del ombligo, con reverencia. Un beso lento, cálido, seguido de otro más abajo, y otro. Luego subió, rozando su piel con su barba, la parte baja de sus costillas, hasta llegar a su rostro. Su nariz rozó la de ella; su aliento caliente la erizó, y mojo su braga.
—Yo seré lo que tú quieras —susurró al oído—. Un depredador, tu protector, y tu sombra. Lo que sea, siempre que tú estés conmigo —Vecka tembló. Un suspiro tembloroso escapó de sus labios, Xylos deslizó su boca por su mejilla. —Tú eres mi luna —murmuró—. Y voy a cuidarte, aunque tenga que enfrentar a todo el maldito mundo.
Ella no le dejó terminar. Lo besó de nuevo, esta vez más