Durante dos semanas consecutivas, cada vez que Vecka cerraba los ojos, la misma escena se repetía como un ciclo sin fin, casi ritual, como si el sueño fuera un portal que insistía en abrirse una y otra vez.
En el sueño, todo empezaba en el mismo punto: un bosque oscuro, cubierto por una niebla espesa que parecía danzar en silencio, Vecka corría sin sentir cansancio, sin sentir miedo, persiguiendo la risa suave de una mujer. No veía su rostro, solo la silueta liviana moviéndose entre los árboles, ágil, casi etérea, con una cabellera dorada que brillaba aun en la penumbra.
Vecka extendía la mano, tratando de alcanzarla, y siempre, sin falta, llegaba a un claro donde el bosque se abría alrededor de un lago inmenso, de aguas calmas y tan negras como un espejo nocturno. La mujer se detenía a la orilla, de espaldas, y ella casi podía sentir su respiración.
La alcanzaba, le tocaba su hombro, ella medio giraba, y el sueño se desvanecía por completo, pero esta vez, Vecka observó el lago…