En el bosque, solo se escuchaban los grillos y el murmullo lejano del río. Las cabañas estaban iluminadas tenuemente, y desde la habitación donde Vecka descansaba, se podía ver la tenue neblina que cubría el valle. Era su tercera noche allí, y pese a la amabilidad de Polaris, la sensación de encierro comenzaba a pesarle en el pecho como una piedra.
Durante el día, la joven loba había sido su única compañía constante. Polaris era alegre, vivaz, de esas personas que parecían capaces de llenar el