Kaiser ingresó a la habitación sin hacer ruido, aunque no lo necesitaba. Su presencia siempre se sentía antes de verse. Llevaba entre las manos un pequeño pastel, sencillo, cubierto apenas con una capa de crema blanca y una vela encendida en el centro. Su voz grave y suave rompió la quietud del lugar.
—Cumpleaños feliz…
Valentina, que estaba sentada sobre la cama con una manta cubriéndole las piernas, alzó la vista. La sorpresa se dibujó primero en su rostro, seguida de una sonrisa breve, cas