El estruendo de la puerta del comedor al cerrarse tras los guerreros y Damien dejó un eco vibrante en el aire. Seraphina se quedó inmóvil, observando la mano de Ronan. La sangre seguía goteando de su puño cerrado, tiñendo el mantel blanco con una insistencia macabra.
—Ronan, tu mano —susurró ella, dando un paso hacia él.
Él no la miró. Sus ojos estaban fijos en el lugar donde Damien había estado sentado segundos antes. La mandíbula de Ronan estaba tan apretada que los músculos de su cuello pare