El aire se volvió hielo en los pulmones de Seraphina. El terror fue un latigazo eléctrico que la obligó a retroceder, tropezando con sus propios pies mientras sus ojos permanecían fijos en la negrura de los árboles.
La silueta de Ronan seguía visible a través del cristal de la mansión, a escasos metros de ella, pero la voz… esa imitación metálica y carente de alma que acababa de llamarla desde el bosque seguía vibrando en sus oídos.
—¡Ronan! —el grito de Seraphina desgarró la quietud del jardí