El ala médica de la mansión olía a una mezcla asfixiante de antisépticos y hierbas amargas.
Seraphina yacía sobre la camilla, su piel tan pálida que parecía traslúcida bajo las luces blancad. Cada respiración le costaba un esfuerzo sobrehumano, como si el aire se hubiera vuelto espeso como el plomo.
Elías, el sanador, apartó la vista del monitor que registraba las constantes vitales de Seraphina y miró a Ronan. El Alfa estaba de pie en un rincón, con las sombras marcando los surcos de cansa