El estruendo del espejo al estallar pareció detener el tiempo. Los fragmentos de cristal llovieron sobre el suelo de baldosas como diamantes afilados, pero Seraphina no se movió. No podía. Sus manos seguían aferradas al borde del lavabo, sus nudillos blancos por la fuerza del agarre, mientras su respiración salía en jadeos cortos y vaporosos.
El frío que había sentido segundos antes se replegó hacia su interior, escondiéndose en las profundidades de su vientre como una bestia que regresa a su guarida después de mostrar los colmillos.
La puerta del baño se abrió de golpe, golpeando la pared con violencia.
—¡Seraphina!
Ronan llenó el marco de la puerta, su pecho desnudo subiendo y bajando con agitación. Sus ojos recorrieron la escena en una fracción de segundo. Los cristales en el suelo, la postura rígida de ella, el vaho que todavía flotaba extrañamente en el aire a pesar de la calidez de la casa.
En dos zancadas estuvo sobre ella. No le importaron los vidrios rotos, la tomó por los ho