El estruendo del espejo al estallar pareció detener el tiempo. Los fragmentos de cristal llovieron sobre el suelo de baldosas como diamantes afilados, pero Seraphina no se movió. No podía. Sus manos seguían aferradas al borde del lavabo, sus nudillos blancos por la fuerza del agarre, mientras su respiración salía en jadeos cortos y vaporosos.
El frío que había sentido segundos antes se replegó hacia su interior, escondiéndose en las profundidades de su vientre como una bestia que regresa a su g