El cilindro de papel negro crujió en el puño de Ronan, convirtiéndose en polvo antes de que él siquiera lo desenrollara. No necesitaba leerlo. El mensaje no estaba en la tinta, sino en la audacia. El cuervo muerto en el balcón era una burla.
«Puedo tocarte cuando quiera»
Ronan se giró hacia Seraphina. Las luces cálidas dibujaban sombras largas sobre su rostro, endureciendo sus facciones hasta convertirlas en una máscara de calma inquietante y oscura.
—Tengo que salir —dijo, su voz baja y vibran