La acusación de Ronan colgó en el aire viciado de la habitación, pesada como una sentencia. «Te tocó, ¿no es así?»
Su pecho desnudo subía y bajaba con pesadez. No estaba enfadado con ella, estaba enfadado con el universo por permitir que la sombra de otro hombre rozara lo que él consideraba sagrado.
Sus manos, aún aferradas a los brazos de Seraphina, temblaban con la fuerza necesaria para romper piedras, contenida apenas por su voluntad de no lastimarla.
Seraphina no retrocedió. No bajó la mir