El sueño no fue un descanso, fue una hibernación.
Seraphina durmió durante horas, su cuerpo exigiendo un apagón total para canalizar cada gota de energía hacia el milagro voraz que crecía en su vientre.
Cuando finalmente abrió los ojos, era de noche. La habitación estaba sumida en una penumbra azulada. La tormenta de nieve había cesado, dejando tras de sí un silencio absoluto y una luna llena que se filtraba por las cortinas entreabiertas.
Se sintió pesada. No solo por el cansancio, sino por una gravedad nueva en su centro. Se llevó la mano al abdomen. La curva seguía allí, una realidad innegable bajo su palma.
Y entonces, el hambre la golpeó.
No era un mero apetito, sino una demanda biológica urgente, un vacío que le retorcía el estómago con calambres agudos. Sus bebés exigían comida.
La puerta se abrió con un clic suave.
El aroma llegó antes que la figura. Olor a carne asada y especias que volvió agua su boca. Ronan entró.
Llevaba una bandeja de plata en las manos. Vestía unos pant