El eco de la llegada apresurada se había asentado, dejando paso a un silencio que solo la montaña podía imponer.
Ronan había cargado el cuerpo inconsciente de su padre hasta una de las habitaciones en la planta baja, lejos de las habitaciones donde se quedarían ellos, porque no se fiaba del todo de él.
La fortaleza no era la caverna húmeda y oscura que Seraphina había temido encontrarse oculta en la montaña.
A pesar de sus muros de piedra negra diseñados para resistir el fin del mundo, el interior poseía la calidez rústica y sofisticada de un refugio ancestral.
Los suelos eran de madera oscura y pulida que crujía suavemente bajo los pies, y las lámparas eléctricas, con bombillas de filamento ámbar, bañaban las estancias en una luz dorada y acogedora que mantenía a raya las sombras de las esquinas.
Seraphina estaba en la cocina. Era un espacio amplio, con una isla de granito y utensilios de cobre colgados sobre una estufa industrial que irradiaba calor.
Buscaba normalidad. Sus manos