Ronan no permitió que Seraphina siguiera mirando el abismo.
Sus manos grandes y calientes cubrieron los hombros de ella, girándola con firmeza para apartarla del ventanal. No echó las cortinas, simplemente interpuso su cuerpo masivo entre ella y la legión de ojos muertos que brillaban en la linde del bosque.
—No mires —ordenó, su voz un retumbar bajo en el pecho—. Eso es lo que él quiere, Seraphina. Que te llenes de miedo hasta que no quede espacio para nada más.
Seraphina asintió, apoyando la