El silencio que siguió al caos no atrajo la calma.
Seraphina estaba en el baño de la suite principal, arrodillada sobre las baldosas frías, con las manos aferradas a la porcelana del inodoro. Su estómago se contrajo violentamente, expulsando bilis ácida hasta que no quedó nada más que arcadas secas y dolorosas.
Ronan estaba a su lado, sosteniéndole el cabello, frotaba su espalda con una suavidad que contrastaba con la sangre seca que aún manchaba sus nudillos.
—Es el veneno —dijo él, su voz tensa por la preocupación—. La marca de la cintura... todavía está ahí.
Seraphina se limpió la boca con el dorso de la mano y se dejó caer hacia atrás, apoyándose contra el pecho de Ronan. Se levantó la camisa. Las huellas de los dedos negros en su cintura no habían desaparecido, aunque ya no se extendían hacia su corazón. Estaban latentes, como tatuajes de carbón bajo la piel.
Pero no era allí donde sentía la pesadez.
Era más abajo. En el centro de su vientre.
—No se siente como veneno —susurró el