La voz de Draven se desvaneció, pero su advertencia quedó flotando como un eco oscuro.
«Cuando regrese por ti, también volveré por él…»
Ronan soltó un rugido de pura impotencia, un sonido animal que le desgarró la garganta, y golpeó la pared de piedra con tal fuerza que se agrietó bajo sus nudillos. Su piel se abrió, manchando la pared de rojo, pero el dolor físico era una caricia comparado con el veneno que le corroía las entrañas.
Miró a Seraphina. Ella estaba acurrucada en la cama, protegiendo su vientre con los brazos cruzados, sus ojos muy abiertos y llenos de lágrimas. No miraba a Ronan, miraba hacia adentro, aterrorizada de lo que pudiera estar creciendo en su interior al ritmo de un corazón lento y pesado.
La voz de Draven regresó una última vez, no como un susurro mental, sino resonando a través de los pasillos de la mansión, amplificada por las sombras que se alargaban antinaturalmente.
—No te preocupes por la cuna, Alpha —la voz era suave, culta y venenosa—. El Tro