La niebla negra no entró caminando, se derramó dentro de la habitación como tinta volcando sobre un lienzo en blanco. ignorando la daga de plata que Caleb sostenía inútilmente, la oscuridad lanzó
al Beta contra la pared contraria. Silas, encogido en un rincón, rezaba oraciones que el humo negro devoraba antes de que pudieran ser oídas.
Seraphina yacía rígida en la cama, el veneno de la marca manteniéndola clavada al colchón mientras la sombra
se deslizaba sobre ella. El peso sobre su pecho era asfixiante, un bloque de hielo seco que quemaba la piel.
—Mía —siseó la oscuridad, reptando sobre su piel.
El terror quiso paralizar su mente, pero en el centro de ese miedo, una chispa de furia se encendió. No podía ceder ante el espectro oscuro sin pelear una última vez.
Seraphina cerró los ojos y buscó en su interior, más allá del miedo, hacia el pozo de su sangre. No podía moverse, pero podía arder.
—¡No! —exclamó cuando finalmente recuperó su voz.
Una explosión de luz blanca estalló desde