El jardín de la Finca Thorsten era un caos controlado.
No había voces alzadas, solo gruñidos bajos de comunicación y miradas que lo decían todo. La manada se movía con la sincronización de un solo depredador gigante preparándose para cambiar de guarida.
Seraphina aseguraba el cinturón de seguridad de Hunter en el asiento trasero del vehículo blindado central. El niño estaba en silencio, con su mochila en el regazo y la mano derecha metida dentro, aferrando el mango de su daga.
—¿Tienes miedo? —le preguntó ella, apartándole el pelo de los ojos.
Hunter negó con la cabeza. Sus ojos verdes eran duros como piedras de río.
Seraphina le besó la frente, sintiendo un nudo en la garganta. La inocencia de su hermano había sido la primera baja de esta guerra. Cerró la puerta pesada, sellándolo dentro de la jaula de acero y cristal antibalas.
Ronan estaba junto a la puerta del conductor. Su presencia era una fuerza que imponía dominio aún en silencio.
Llevaba una camisa negra de mangas largas que