El jardín de los Thorsten ardía.
No era un ataque, sino una limpieza. Ronan había ordenado quemar los miles de cadáveres de cuervos que habían llovido del cielo gris. Las piras funerarias se alzaban en el césped, columnas de humo negro y aceitoso que subían hacia las nubes, llevando consigo el hedor a plumas chamuscadas y muerte.
Seraphina observaba desde el ventanal de la sala de estar. El cristal estaba frío bajo sus dedos. La mansión, que había sido reconstruida como un símbolo de victoria, ahora se sentía como un mausoleo sitiado por presagios.
—No es natural —murmuró Caleb, entrando en la sala. Se limpiaba las manos manchadas de hollín con un trapo—. Los pájaros no tenían marcas. Sus corazones simplemente... se detuvieron.
Ronan estaba junto a la chimenea, de espaldas a la habitación, mirando las llamas domésticas como si buscaran respuestas en el fuego. La tensión en sus hombros era una carga visible. Llevaba horas en silencio, un silencio de Alpha que planea la guerra.
—Es