Las celdas subterráneas de la mansión no estaban diseñadas para la comodidad, estaban diseñadas para contener a bestias que habían perdido la razón.
Muros de piedra húmeda, barras de plata reforzada y un frío que calaba los huesos.
Arrastraron al guardia infectado, un hombre llamado Elias que había sido leal durante años, hasta la celda más profunda. No luchó. Se dejó encadenar a la pared con grilletes de hierro, con la cabeza colgando y ese líquido negro y viscoso goteando de su boca abierta,