El jardín de rosas blancas se convirtió en un matadero bajo un cielo de plomo.
El chillido de los Corruptos al cargar no era un sonido animal era el ruido de gargantas muertas intentando recordar cómo aullar. Se abalanzaron sobre los invitados, una marea de carne gris, pelaje podrido y dientes negros que no buscaba la victoria, sino la aniquilación total.
No hubo vacilación. El sonido de cientos de trajes de gala desgarrándose al unísono llenó el aire. Huesos crujieron, cuerpos se expandieron y