El jardín de rosas blancas se convirtió en un matadero bajo un cielo de plomo.
El chillido de los Corruptos al cargar no era un sonido animal era el ruido de gargantas muertas intentando recordar cómo aullar. Se abalanzaron sobre los invitados, una marea de carne gris, pelaje podrido y dientes negros que no buscaba la victoria, sino la aniquilación total.
No hubo vacilación. El sonido de cientos de trajes de gala desgarrándose al unísono llenó el aire. Huesos crujieron, cuerpos se expandieron y la humanidad fue desechada. En segundos, el jardín se llenó de bestias. Lobos grises, marrones y negros, enormes y letales, saltaron para interceptar la ola de muerte.
Ronan fue el primero. Su esmoquin de novio estalló en jirones cuando el Gran Lobo Negro emergió, una montaña de músculos y furia pura. Se lanzó al centro del caos, sus fauces cerrándose sobre el cuello de un Corrupto, decapitándolo con una sacudida brutal que roció sangre negra sobre las flores blancas.
Seraphina se quedó atrás,