La victoria tenía un sabor dulce, pero la paz tenía un sabor a adicción.
Habían pasado dos semanas desde el duelo. La mansión, antes una fortaleza de tensión y secretos, había cambiado. Los guardias ya no miraban a Seraphina con sospecha la miraban con una reverencia que rayaba la devoción.
Hunter corría por los jardines, sus risas resonando donde antes solo había silencio, sus pulmones sanos devorando el aire sin esfuerzo.
Pero para Seraphina, la verdadera paz, y la verdadera tormenta, esta