El día amaneció con un cielo de un azul insultante, tan perfecto que parecía pintado para ocultar las grietas del mundo.
Seraphina estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero en la suite nupcial. No llevaba harapos grises. No llevaba ropa táctica manchada de barro y sangre.
Llevaba luz.
El vestido era una cascada de seda blanca y encaje antiguo que se ceñía a su cuerpo transformado como una segunda piel, resaltando la fuerza de sus hombros y la curva de su cintura antes de caer en una falda