El día amaneció con un cielo de un azul insultante, tan perfecto que parecía pintado para ocultar las grietas del mundo.
Seraphina estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero en la suite nupcial. No llevaba harapos grises. No llevaba ropa táctica manchada de barro y sangre.
Llevaba luz.
El vestido era una cascada de seda blanca y encaje antiguo que se ceñía a su cuerpo transformado como una segunda piel, resaltando la fuerza de sus hombros y la curva de su cintura antes de caer en una falda amplia y fluida.
No había joyas, salvo una. La cicatriz plateada de la mordida de Ronan en su cuello, que ella se había negado a cubrir con maquillaje. Era su collar. Su voto.
—Estás... —Hunter se detuvo en la puerta, vestido con un esmoquin en miniatura, con los ojos verdes muy abiertos—. Pareces una reina de verdad, Seri.
Seraphina sonrió, aunque su estómago era un nudo de nervios. Se agachó para abrazarlo, oliendo su salud, su aire limpio.
—Tú eres mi caballero, ¿recuerdas? —le susurró—. Ll