El estruendo de la explosión se desvaneció, dejando un silencio cargado de polvo y amenaza en el túnel. La salida estaba sellada. Toneladas de roca bloqueaban el camino de regreso al aire libre.
Ronan no miró atrás. Su rostro, iluminado por las luces de emergencia rojas que parpadeaban en las paredes húmedas, era una máscara de determinación salvaje.
—Formación de caza —ordenó, su voz un gruñido bajo que resonó en el pecho de Seraphina.
Caleb y los tres Guerreros Desterrados —lobos enormes con cicatrices tribales y ojos vacíos— se desplegaron alrededor de Seraphina en un círculo defensivo perfecto. Desenvainaron garras y dagas curvas de hueso y acero, y sus armas con balas de plata.
—El aire huele a ellos —siseó Caleb, su nariz arrugándose—. Rogues. Lobos sin honor. Están cerca.
Bajaron hacia el Nivel 9.
El túnel desembocó en una caverna natural inmensa, un espacio abovedado donde la oscuridad parecía tener peso físico. El suelo era irregular, cortado por grietas de las que emanaba un