La mano de Gabriel permanecía extendida, una invitación cortés en medio del matadero. Sus ojos oscuros no miraban la sangre que salpicaba las paredes de roca, ni a los guerreros que morían a metros de distancia. Solo la veían a ella.
—No mires al perro, Seraphina —dijo Gabriel, su voz suave como terciopelo negro, ignorando los gemidos de agonía de Ronan a sus espaldas—. Mírame a mí. Él es fuerza bruta. Es un animal que necesita cadenas. Yo soy evolución.
Seraphina sintió las lágrimas quemar sus ojos, pero no eran de tristeza, eran de pura impotencia. A través del vínculo, el dolor de Ronan era un ácido que le corría por las venas. Sentía el metal sagrado devorando su piel, la desesperación de su Alpha al verla acorralada.
—Eres un monstruo —susurró ella, apretando la daga en su mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Tú solo eres destrucción, Gabriel. Disfrutas de dañar y destruir.
Gabriel suspiró, una exhalación de paciencia teatral, y dio un paso más hacia ella, invadie