La mano de Gabriel permanecía extendida, una invitación cortés en medio del matadero. Sus ojos oscuros no miraban la sangre que salpicaba las paredes de roca, ni a los guerreros que morían a metros de distancia. Solo la veían a ella.
—No mires al perro, Seraphina —dijo Gabriel, su voz suave como terciopelo negro, ignorando los gemidos de agonía de Ronan a sus espaldas—. Mírame a mí. Él es fuerza bruta. Es un animal que necesita cadenas. Yo soy evolución.
Seraphina sintió las lágrimas quemar sus