Las Minas de Blackwood no parecían un lugar de este mundo. Eran una cicatriz abierta en la ladera de la montaña, una boca negra y dentada de metal oxidado y roca gris que exhalaba un aliento constante de niebla sulfurosa.
La lluvia había cesado, pero la noche seguía siendo densa y fría. El grupo de guerreros de la manada se movía como un solo organismo a través de la maleza mojada. Ronan iba en cabeza, flanqueado por Caleb y tres miembros de los Desterrados —mercenarios silenciosos con ojos vacíos y armas automáticas con balas de plata—. Seraphina iba justo detrás de Ronan, protegida por su sombra, pero ya no se sentía como una carga.
Llevaba ropa táctica negra, ajustada y flexible, y una daga de plata en el cinturón. Sus sentidos de loba estaban en alerta máxima, vibrando bajo su piel.
Se detuvieron ante una entrada de servicio oculta entre zarzas muertas, tal como Isabelle había descrito.
—El azufre es insoportable —susurró Caleb, arrugando la nariz. Para un lobo, cuyo olfato es su