El gimnasio privado de la mansión no era un lugar de lujo, era una arena.
El suelo estaba cubierto de colchonetas negras desgastadas por el uso, y el aire olía a sudor antiguo, hierro y esfuerzo. No había espejos para admirarse, solo paredes de piedra y estantes llenos de armas de práctica.
Ronan no perdió el tiempo.
—Atácame —ordenó.
Estaba de pie en el centro de la colchoneta, descalzo, con los pantalones tácticos y una camiseta sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos masivos. No adop