El gimnasio privado de la mansión no era un lugar de lujo, era una arena.
El suelo estaba cubierto de colchonetas negras desgastadas por el uso, y el aire olía a sudor antiguo, hierro y esfuerzo. No había espejos para admirarse, solo paredes de piedra y estantes llenos de armas de práctica.
Ronan no perdió el tiempo.
—Atácame —ordenó.
Estaba de pie en el centro de la colchoneta, descalzo, con los pantalones tácticos y una camiseta sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos masivos. No adoptó una postura defensiva. Simplemente se quedó allí, relajado pero letal, esperándola.
Seraphina vaciló. Llevaba ropa prestada que le quedaba un poco grande, y sus nuevos sentidos de loba zumbaban con la anticipación de la violencia.
—¿Cómo? —preguntó.
—Como si yo fuera Gabriel. Como si fuera a matar a tu hermano.
La mención de Hunter fue el detonante. Seraphina gruñó y se lanzó hacia él. Fue rápida, mucho más rápida que cualquier humana, un borrón de furia impulsado por el instinto. Apuntó a su