La noche cayó sobre la finca Thorsten no como una manta, sino como una jaula.
Seraphina estaba de pie junto al ventanal del dormitorio, su cuerpo vibrando con una energía cinética que hacía que sus dientes castañetearan. Afuera, la luna llena se alzaba sobre la línea de árboles, un ojo blanco y ciego que la llamaba. No era una llamada poética. Era una orden biológica, un tirón en sus entrañas tan violento que sentía náuseas.
—Va a doler —dijo Ronan detrás de ella.
Él estaba preparándose. Se había desnudado por completo, sin pudor, su cuerpo magnífico bañado en plata lunar. Estaba tranquilo, pero sus ojos dorados la seguían con una vigilancia depredadora. Había cerrado la mansión. Había enviado a los sirvientes al sótano. Esta noche era solo para ellos.
—No me importa el dolor —mintió Seraphina, aunque sus manos temblaban al agarrar el marco de la ventana.
—Debería importarte. —Ronan se acercó, su calor corporal envolviéndola desde atrás. Sus manos desnudas se posaron en sus caderas, y