El hambre no era un rugido en su estómago, era una garra vacía que le raspaba la columna vertebral desde adentro.
Seraphina estaba sentada en el centro de la cama deshecha, con las sábanas de seda enredadas alrededor de su cintura. Su cuerpo se sentía extraño, demasiado ligero y al mismo tiempo cargado con una densidad muscular nueva. Pero lo que dominaba su existencia en ese momento era el vacío. Un abismo negro y voraz que gritaba por ser llenado.
Ronan entró en la habitación.
El simple sonido de la puerta abriéndose la hizo girar la cabeza con una velocidad depredadora. Sus fosas nasales se ensancharon, captando el aroma antes de que sus ojos lo vieran. No olía a Ronan —pino y tormenta—, olía a lo que traía.
Sangre. Carne. Calor.
Él llevaba una bandeja de plata. Sobre ella, había un plato de porcelana fina con un filete grueso, apenas sellado por fuera, rezumando jugos rojos y oscuros. Junto a él, había pan, frutas y agua.
La boca de Seraphina se llenó de saliva al instante, una re