El hambre no era un rugido en su estómago, era una garra vacía que le raspaba la columna vertebral desde adentro.
Seraphina estaba sentada en el centro de la cama deshecha, con las sábanas de seda enredadas alrededor de su cintura. Su cuerpo se sentía extraño, demasiado ligero y al mismo tiempo cargado con una densidad muscular nueva. Pero lo que dominaba su existencia en ese momento era el vacío. Un abismo negro y voraz que gritaba por ser llenado.
Ronan entró en la habitación.
El simple sonid