El corredor quedó sumido en una quietud asfixiante, rota únicamente por el sonido de la sangre de Evander golpeando el suelo y la densa respiración de Iris.
El asesino yacía inconsciente a sus pies, una masa inerte de odio y veneno que ya no representaba una amenaza. Sin embargo, el verdadero peligro acababa de despertar dentro de la fortaleza. No venía del exterior, sino del centro mismo de la princesa sureña.
Iris se mantenía de pie, su figura proyectando una autoridad que parecía expandir la