El silencio se rompió no con un grito, sino con el siseo del metal cortando el aire.
Seraphina apenas tuvo tiempo de procesar la figura en las vigas antes de que Ronan actuara.
La transición de amante a verdugo fue instantánea. Con una agilidad fluida y letal, el Alpha se separó de ella, tomó una de las dagas de plata que descansaban junto a la chimenea y la arrojó hacia el techo con una precisión implacable.
La hoja plateada se hundió profundamente en la madera oscura.
La sombra no sangró. A