El sonido no buscaba derribar la entrada. Estaba diseñado para destruir la cordura lenta, tortuosa y deliberadamente.
El arañazo sobre la gruesa madera de roble era metódico, rítmico y de una lentitud profundamente sádica. Garras largas y afiladas surcaban el exterior de las puertas, descendiendo con una presión que hacía rechinar las bisagras de hierro.
Era una invitación macabra. Una burla confeccionada para arrastrar al depredador fuera de su jaula.
Y la provocación funcionó.
La transición