La risa de la manada la persiguió por el pasillo, un coro de hienas disfrutando de la presa caída. Seraphina corrió, sus pies tropezando con la basta tela de su falda gris, el vino tinto pegándose a su piel como sangre fría y viscosa. No se detuvo hasta que el aire viciado del salón de baile fue reemplazado por la mordedura gélida de la noche.
Irrumpió en el jardín trasero, un laberinto de setos altos y oscuros que parecían devorar la luz de la luna. Buscó la oscuridad, anhelando ser invisible,