La risa de la manada la persiguió por el pasillo, un coro de hienas disfrutando de la presa caída. Seraphina corrió, sus pies tropezando con la basta tela de su falda gris, el vino tinto pegándose a su piel como sangre fría y viscosa. No se detuvo hasta que el aire viciado del salón de baile fue reemplazado por la mordedura gélida de la noche.
Irrumpió en el jardín trasero, un laberinto de setos altos y oscuros que parecían devorar la luz de la luna. Buscó la oscuridad, anhelando ser invisible, desaparecer de la existencia. Se adentró en los pasillos de vegetación, girando a ciegas hasta que el sonido de la música y las risas se convirtió en un zumbido distante.
Solo entonces se detuvo.
Se dejó caer en un banco de piedra fría, escondido bajo la sombra de un sauce llorón. El dolor en su pecho era físico, una presión aplastante que le impedía respirar. No era solo la humillación del vino; era la traición silenciosa. Ronan la había mirado. Había visto cómo la destruían. Y no había movido