La mano de Gabriel permanecía suspendida en el aire, una invitación abierta en medio de la oscuridad. La palma ancha, las líneas de la vida marcadas en la piel bronceada, prometían una salvación seductora. Venganza, susurraba el viento entre las hojas del sauce. Libertad.
Por un segundo vertiginoso, Seraphina vaciló. El dolor del rechazo de Ronan era una herida abierta en su pecho, sangrando humillación. Tomar esa mano sería el golpe definitivo, la forma perfecta de devolverle el dolor al hombre que la había tratado como basura.
Pero entonces miró los ojos de Gabriel.
Eran oscuros, sí. Atractivos, sí. Pero no había tormenta en ellos. No había ese tirón gravitacional que sentía con Ronan, esa cuerda invisible que la ataba al Alpha de ojos grises incluso cuando la lastimaba.
Gabriel no era su destino. Era una trampa diferente.
Seraphina dio un paso atrás, sus botas resbalando sobre la hierba húmeda.
—No —susurró, su voz ganando fuerza con cada sílaba—. Prefiero pudrirme en su torre que