El vestido yacía sobre la cama de dosel como un insulto silencioso.
No era un vestido de gala. No había seda, ni chifón, ni el brillo de las lentejuelas que Seraphina había visto en los trajes de las otras mujeres la noche de su llegada.
Era un uniforme.
Una prenda de lana gris, basta y sin forma, del color de las cenizas viejas y el agua estancada. Era un traje de sirvienta, pero uno diseñado para despojar a quien lo llevara de cualquier dignidad o género.
—La señorita Isabelle insistió —había dicho la empleada que lo llevó, con los ojos bajos y una mueca de lástima que a Seraphina le dolió más que una bofetada—. Dijo que es apropiado para su... estatus.
Seraphina tocó la tela áspera. Era una declaración de guerra. Isabelle no solo quería que asistiera para ver a Ronan comprometerse, quería que asistiera marcada. Quería que todos vieran que la mujer que había "tentado" al Alpha no era más que basura humana, indigna de limpiar el suelo que él pisaba.
Las lágrimas de rabia picaron en