El vestido yacía sobre la cama de dosel como un insulto silencioso.
No era un vestido de gala. No había seda, ni chifón, ni el brillo de las lentejuelas que Seraphina había visto en los trajes de las otras mujeres la noche de su llegada.
Era un uniforme.
Una prenda de lana gris, basta y sin forma, del color de las cenizas viejas y el agua estancada. Era un traje de sirvienta, pero uno diseñado para despojar a quien lo llevara de cualquier dignidad o género.
—La señorita Isabelle insistió —hab