El encierro en la torre de obsidiana deformaba el tiempo. Sin la luz del sol para marcar las horas, Seraphina solo sabía que había anochecido cuando el clic metálico de la cerradura volvió a resonar a sus espaldas.
Las puertas se abrieron con una lentitud exasperante.
Valerius estaba de pie en el umbral, impecable, envuelto en un abrigo de terciopelo oscuro con bordados de hilo de plata. Su porte era el de un aristócrata milenario, pero el hambre en sus ojos carmesí lo delataba.
—El encierro co