El filo helado de sus colmillos rozó la piel palpitante de Seraphina.
La Luna cerró los ojos, esperando el desgarro de su carne, pero no retrocedió ni emitió una sola súplica. Su cuerpo estaba tenso, listo para liberar su fuego dorado si él se atrevía a morderla.
Ese silencio desafiante, esa negativa absoluta a doblegarse, fue lo que detuvo al monstruo.
Valerius se detuvo a un milímetro de hundir sus colmillos.
Tomarla por la fuerza, arrebatarle la luz en medio de un arrebato de ira, lo rebaj