Las pesadas y enormes puertas de roble negro se abrieron con un chirrido sordo, revelando el interior de la torre más alta del castillo.
Seraphina cruzó el umbral en silencio, con la espalda recta y la barbilla en alto, negándose a mostrar el terror que le helaba la sangre. Sus pies descalzos se hundieron en una alfombra tan gruesa y suave que parecía devorar el sonido de sus pasos.
No era una celda. Era un santuario de excesos.
La inmensa habitación estaba iluminada por decenas de candelabros