La mano pálida y cadavérica descendía milímetro a milímetro hacia el rostro dormido de Iris.
Seraphina no gritó. El terror que la había paralizado al despertar se evaporó en una fracción de segundo, incinerado por un instinto maternal tan puro, primitivo y asesino que le quemó las venas.
No era una presa asustada. Era la Luna Blanca de su manada y esa sombra estaba intentando tocar a su bebé.
Sin emitir un solo sonido que pudiera despertar a los bebés, Seraphina saltó de la cama. Canalizó toda