El aullido de Ronan se extinguió, pero el eco de su dolor pareció quedarse atrapado en las vigas del granero, vibrando en el aire frío.
Arrodillado sobre la tierra, con el puño cerrado alrededor de la corteza de árbol que contenía la traición de Hunter, el Alfa parecía haberse encogido.
La inmensa figura de poder y autoridad se había desmoronado bajo el peso de una culpa insoportable.
—Voy a buscarlo —dijo Ronan de repente. Su voz no era un grito, sino un susurro ronco y aterrador—. Voy a entrar en ese bosque, voy a encontrar a esa cosa y voy a traer a Hunter de vuelta, aunque tenga que arrastrarlo.
Se levantó con movimientos bruscos, apretando sus manos hasta que sus nudillos estuvieron blancos. Sus ojos, negros y vacíos,estaban cargados con una promesa de destrucción y violencia.
Damien se interpuso en su camino hacia la salida trasera.
—No lo harás.
Ronan clavó sus ojos en él. Tenía una mirada sombría que prometía muerte, por instinto, cualquiera buscaría evitarla, pero Damien no