El silencio que siguió a la partida de Hunter no fue de paz, fue un silencio pesado, cargado de una estática que hacía rechinar los dientes.
En la sala fortificada, Seraphina yacía en el colchón improvisado, con una mano sobre su vientre, monitoreando obsesivamente los movimientos de sus gemelos. El bebé de luz se movía ahora, suave pero constante, gracias a la barrera de Damien.
Pero su mente no estaba en su útero. Estaba en el granero oscuro, a cincuenta metros de distancia.
—Ha pasado demas