105 | Rastro de ceniza

El silencio que siguió a la partida de Hunter no fue de paz, fue un silencio pesado, cargado de una estática que hacía rechinar los dientes.

En la sala fortificada, Seraphina yacía en el colchón improvisado, con una mano sobre su vientre, monitoreando obsesivamente los movimientos de sus gemelos. El bebé de luz se movía ahora, suave pero constante, gracias a la barrera de Damien.

Pero su mente no estaba en su útero. Estaba en el granero oscuro, a cincuenta metros de distancia.

—Ha pasado demasiado tiempo —murmuró Seraphina, rompiendo la quietud. Su voz sonó rasposa en la penumbra.

Ronan, que estaba limpiando su rifle con movimientos mecánicos junto a la puerta, se detuvo. No la miró, pero la tensión en sus hombros delató que él estaba pensando lo mismo.

—Está seguro —dijo Ronan, aunque sonó más como si intentara convencerse a sí mismo—. Las paredes son de piedra. El cuarto de suministros tiene una puerta de acero. Es el lugar más seguro del perímetro.

—No lo siento, Ronan —insistió e
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